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jueves, 11 de noviembre de 2010

¿Te has dao cuen...? (VIII)

¿...de que los que sostienen que "la verdad (o el bien) se propone, no se impone" suelen estar convencidísimos de que la democracia sí debe imponerse (y a sangre y fuego, si fuere menester), y no sólo proponerse?.

¿Será su forma inconsciente e involuntaria de reconocer que la verdad (y, por ende, la Verdad) y su idolatrada democracia son conceptos, no ya distintos, sino completamente opuestos entre sí?.

martes, 9 de noviembre de 2010

Laicismo, no hay más que uno.

No suelo ser un gran fan de los viajes papales. Aparte de que suelo tener cierta alergia a las multitudes, el último medio siglo demuestra que los problemas de la Iglesia y en la Iglesia se han ido incrementando al mismo ritmo con que aumentaba la frecuencia con la que los sucesores de Pedro hacían kilómetros a bordo del Air Vatican I (o como quiera que se llame el avión del Papa). También se ha dado, estos últimos años, la coincidencia de que las pequeñas, pero evidentes, correcciones de rumbo al timón de la barca de Pedro han ido acompañadas de una disminución de la frecuencia y duración de los periplos extramuros del Obispo de Roma.

Independientemente de si lo primero fue el huevo o la gallina, o si se utiliza -o se ha utilizado- la gallina de los viajes para tapar el huevo de la apostasía silenciosa (jajaja, "silenciosa", jajaja, muy bueno, oiga...), lo cierto es que ser Papa es una tarea harto difícil. Y no tanto por los extraños, sino más bien por los que se afirman (y gustan de hacerlo a grito pelado) propios. Al fin y al cabo, es de cajón, y como tal se asume, que los enemigos declarados le están esperando a uno, detrás de cualquier esquina y con el cuchillo dialéctico (de hoja oxidada, sí, pero precisamente por ello más infecta y peligrosa) entre los dientes, para tratarlo como sospechoso habitual, a base de intentar utilizar en tu contra cualquier cosa que digas.

Pero el caso es que acaba resultando mucho más peligroso el ladrón de guante blanco (con su traje, su corbata, y sus tropecientos máster a cuestas) que el quinqui navajero de aspecto zarrapastroso. El aspecto y los ademanes de este último revelan sus intenciones y nos alertan de la conveniencia de poner pies en polvorosa ipso facto. En cambio, aquél se nos presenta como un amigo que nos ayudará a ganar mucho dinero; su peligro no está en sus ademanes agresivos, sino en su capacidad de mimetismo o camuflaje tras unos modales y una apariencia impecables. Y, puestos a escoger entre dos males, mejor caer en las manos de un macarra maloliente y poco aseado, que muy probablemente se conforme con lo que lleves en el bolsillo, que en las zarpas del ladrón trajeado y encorbatado, que puede llegar a conseguir (millones de españoles son la viva muestra de ello) que le pases al banco la mitad de tu sueldo durante toda la vida a cambio de un zulito de 40 m2 (y, si tienes mala suerte y no puedes cumplir con las cuotas, a cambio de nada).

Igualmente, poco peligro tienen, para los católicos y a la hora de la verdad, los rojetes que, para cumplir con la obligación contraída a cambio de la subvención, las prebendas del cargo, o la futura pensión máxima vitalicia, le lanzan (o le intentan lanzar, que no ofende el que quiere, sino el que puede) dardos al Papa. Reconozco que pueden llegar a ser harto irritantes (igual que el quinqui con andares de muerto viviente, fruto de su adicción a la heroína), pero, al igual que éste, no engañan a casi nadie.

Sin embargo, los que se revelan (como el ladrón de guante blanco) letales son los medios de comunicación que, en algunos casos, llegan incluso a ponerse en la portada el escudo de la tiara y las dos llaves cuando el Papa está de viaje, pero tergiversan las palabras del Pontífice para ponerlas al servicio de la ideología (o la falta de ella) que sustenta la línea editorial del medio en cuestión (a veces incluso tergiversan lo que el Papa aún no ha dicho).

Sin duda, las palabras de Benedicto XVI más comentadas durante estos últimos días han sido unas pronunciadas como respuesta a unas preguntas hechas por los periodistas en el avión que le traía a España. En ellas, estableció un evidente e indudable paralelismo entre los trágicos sucesos de la década de los 30 del siglo pasado y la situación actual que vivimos en España, demostrando ser plenamente consciente de ella (por si alguien lo dudaba, dicho sea de paso). Las palabras, traducidas del italiano, fueron las siguientes (recogidas de una fuente fiable, como creo que es ésta):

"En España nacieron una laicidad, un anticlericalismo, un secularismo fuerte y agresivo, como pudimos ver precisamente en los años treinta. Esta disputa, más aún, este enfrentamiento entre fe y modernidad, ha vuelto a reproducirse en la España actual".

Los medios afines al antizapaterismo (tanto la facción Esperancista como la Gallardonita) se han apresurado a resaltar la primera mitad de este párrafo, haciendo hincapié en el carácter agresivo (o especialmente agresivo, diría yo) del laicismo del gobierno actual, al que califican de "laicismo agresivo de la izquierda".

Como si el laicismo (definido, sin distinción alguna, como "peste de nuestros tiempos" por Su Santidad Pio XI en la Encíclica Quas Primas) no fuese agresivo per se. Como si hubiese alguna subespecie de laicismo que no fuese agresiva, o que no buscase la expulsión de Dios y de su Iglesia de la vida pública (sea enseñando los dientes para morder, o para esbozar una hipócrita sonrisa).

Evidentemente, la moto laicista que intentan vender los medios del antizapaterismo español (aun siendo la derecha un invento funesto, en España ya no hay derecha - ni siquiera centrorreformismo- sino, simple y llanamente, antizapaterismo) es que hay un laicismo bueno y un laicismo malo. Y la burra que vende la derecha es siempre de la misma estirpe:

¿Que los Papas condenan el liberalismo? Es que hay un "liberalismo bueno" (el de ahora, llamado "liberalismo económico") y un "liberalismo malo" (el de antes, llamado "liberalismo anticlerical"). ¿Que un Papa llama "crimen abominable" al aborto?. Es que hay un "aborto defendible" (el nuestro, llamado "delito despenalizado") y un "aborto indefendible" (el de los sociatas, llamado "derecho"). ¿Que la Iglesia condena como ilícito moral las uniones entre personas del mismo sexo? Es que hay "uniones buenas entre personas del mismo sexo" (las nuestras, llamadas "no-se-sabe-aún-cómo-pero-ya-se-nos-ocurrirá-algo") y "uniones malas entre personas del mismo sexo" (las de los sociatas, llamadas "matrimonio homosexual").

¿Y el laicismo? Pues más de lo mismo: hay un "laicismo malo" (el de los sociatas, llamado "laicismo agresivo") y un "laicismo bueno" (el nuestro, llamado "aconfesionalismo").

La burra del "laicismo bueno" fue puesta a la venta, con gran éxito, por un respetado y respetable doctor de la Iglesia, cuyas enseñanzas han desplazado a las de Santo Tomás de Aquino y San Agustín de Hipona como referencia de casi todos los católicos actuales: nada más y nada menos que Monsieur Le Président de la Republique Française, don Nicolas Sarkozy, famoso y conocido, no sólo por ser marido de quien es, sino por ser autor de la expresión "laicidad positiva".

Una expresión que ha causado furor entre los católicos españoles (y de otros países, imagino), sencillamente, porque justifica su forma de pensar y de actuar (proclamando a voces su catolicismo cuando conviene, pero olvidándose de él cuando toca apoyar a la asociación, partido o grupo preferido). Y no deja de ser indicativo que los que venden como dogma de fe para los católicos esta expresión del marido de la ex-cantante suelen ser los mismos que se pasan por el arco del triunfo liberal las clarísimas e inequívocas encíclicas papales sobre el laicismo (empezando, obviamente, por la Quas Primas).

Quizás no tardemos mucho en oír felices ocurrencias como "blasfemar en positivo", "herejía constructiva" (si bien la única herejía que, para muchos católicos parece existir hoy en día, es precisamente pronunciar la palabra "herejía"), o "sacrilegio integrador" (ideal para justificar desmanes litúrgicos, oiga). Bastará, probablemente, con que las proponga en público un político de derechas (no vale un sacerdote, un obispo -ni siquiera el de Roma- que lo importante es que la fuente sea "aconfesional", como ya hemos dicho) para que sean recibidas con alegría y entusiasmo por la grey católica laicamente positiva (truco infalible: si camufla el engendro sintáctico entre feroces y continuadas críticas a Zapatero, el éxito está asegurado).

Porque, hoy en día, y gracias a los políticos, medios y asociaciones de la derecha, se ha conseguido que sean los propios católicos, los que, bajo el paraguas del "laicismo bueno" ("aconfesionalismo", para los amigos), prohíban a todo quisque todo aquello que les escandaliza verlo prohibido con la excusa del "laicismo a secas" o el "laicismo agresivo".

Prohíba usted hablar de religión o mencionarla, o los crucifijos, en nombre del "laicismo a secas", y los católicos laicamente positivos le saltarán al cuello. Prohíba usted hacer alusiones a la religión o utilizar la religión como argumento (o los crucifijos), pero en nombre de la "aconfesionalidad", y los católicos laicamente positivos no sólo le aplaudirán, sino que se arremangarán prestos para mandar callar (o a paseo) al incauto (que ya no será "un valiente ciudadano consciente de sus derechos", sino un extremista) que se atreva a arruinarles, con su presencia o sus palabras, su trabajadísima corrección política ("corrección política" o "hábil estrategia" que ellos mismos llaman, cuando lo hace la izquierda, "atentado contra la libertad religiosa").

Con la excusa del "laicismo bueno" se ha conseguido incluso, que algunos católicos prohíban, en los actos que organizan, rezar el Rosario. Todo, por supuesto, por "no ofender a otros" ("otros" entre los que no está incluida, obviamente, la Madre de Dios). Hagan la prueba y vayan a la calle Viladomat, en Barcelona, la noche de cualquier día 25 del mes. Cuando localicen un nutrido grupo de personas con velitas, acérquense y recen, en voz alta, un avemaría. Unos cuantos católicos, muy comprometidos con su sana laicidad, le invitarán a callarse o a marcharse. El mismo "tipo" de católicos que estallarían de indignación si se enterasen que a un militante de las Juventudes Socialistas le han prohibido rezar un paternoster en un acto de esta organización (en el improbable caso de que se le ocurriese), y presentarían semejante prohibición como una demostración de "laicismo del malo".

Y es que, fíjense ustedes qué casualidad: los medios de la derecha se han olvidado de comentar la segunda parte de este párrafo de las declaraciones del Papa: que el conflicto de la Fe no es sólo con la variante quinqui del laicismo, sino con la modernidad. Esa "modernidad" que los católicos liberales venden, no ya como aliada de la Fe (¿para qué queremos más, si lo dice Sarkozy, que le ha ganado varias elecciones a los sociatas franceses?), sino como su catalizadora y perfeccionadora (si no me creen, vayan a algún congreso de una asociación que lleva las palabras "católica" y "propagandistas" en su nombre). Que ya se sabe este invento de la Fe era una cosa de brutos y cavernícolas hasta que Montesquieu, Voltaire y demás compaña vinieron a ayudarla a progresar adecuadamente.

Y es que, como recordaba el profesor Javier Paredes en un excelente artículo al que uno tiene que volver una vez tras otra, la persecución laicista agresiva está ya muy vista: la sangre de los mártires es semilla de nuevas conversiones y, además, los católicos se ponen en guardia. Por eso, la jugada maestra, hoy en día, consiste (como en todo lo demás) en vender una versión presuntamente tolerable y benigna (sí, va con segundas) del Mal (el aconfesionalismo, en el caso de la peste laicista), con la que se ha conseguido que sean los propios católicos los que encabecen - elevando las relaciones públicas al rango de fin en sí mismo- las prohibiciones y las persecuciones que tanto temen de la izquierda.

Pero no dejen que les distraiga con mis divagaciones: mientras los amigos aconfesionales les prohíben rezar en sus actos, o hablar de religión, o hasta llevar crucifijos en el cole, sigan dándole leña al mono socialista -y al nacionalista catalán-, que son de goma (y para eso están, por si no se habían dado cuenta).

lunes, 26 de abril de 2010

La trampa (II).

Que el numerito del pañuelo de la niña mora no ha sido una jugada espontánea (¿hay algo espontáneo en las noticias que dan los medios, aparte de los terremotos y los huracanes?) lo ha acabado de demostrar la trampa preparada como salvación y alivio para los que se han asustado con el asunto.

Como ya se ha reseñado, no querer renunciar a la premisa de que todas las religiones merecen igual trato por parte del poder secular, lleva, a los que así razonan, o bien a defender a todos los símbolos religiosos por igual, o bien a rechazarlos todos para que no se arme gresca, cuando, en realidad el debate (parafraseando una de las expresiones favoritas de los políticos españoles) no es "símbolos religiosos sí o símbolos religiosos no", sino que hay razones por las que hay símbolos religiosos que sí pueden (y deben) ser permitidos y otros que no pueden (ni deben) serlo.

Y ha resultado ser (nada menos) que doña Esperanza Aguirre la que estaba esperando, con la puerta de la jaula abierta y las llaves en la mano a los confusos que, puestos ante sus propias contradicciones al ser preguntados (con toda la razón) que a qué venía protestar por la retirada de los crucifijos en las aulas y ahora quejarse de que una niña musulmana llevase un pañuelo en la cabeza, no sabían por dónde tirar.

Doña Esperanza ha puesto como argumento (impecablemente democrático, todo hay que decirlo) para no permitir a la niña llevar el pañuelo en la cabeza...que así lo ha decidido por mayoría aplastante el consejo escolar. Pero (¡ojo!), aquí todos moros o todos cristianos (nunca mejor dicho): doña Esperanza explica que, en ese colegio, no pueden cubrirse la cabeza ni los musulmanes...ni los cristianos. De tal guisa que, si una monja quiere ir vestida de monja (pocos casos quedan, por desgracia), no podrá poner el pie en ese colegio (además, recalca que ésta es la postura de su gobierno desde hace tiempo).

Por supuesto, si lo afirmado por la presidenta de la Comunidad de Madrid hubiese sido argumentado por (pongamos por caso) el ministro de Educación, el de Justicia o el presidente de la Junta de Andalucía, se estaría hablando de persecución religiosa contra los cristianos (cierto) y quién sabe si no habría ya convocada una manifestación contra los malvados socialistas que no quieren dejar que las monjas vayan vestidas de monjas cuando entran en un colegio (manifestación que, por supuesto, contaría con la asistencia de doña Esperanza).

Sin embargo, como ha sido la presidenta de la Comunidad de Madrid la que ha esgrimido el democrático argumento de que la conciencia o las creencias religiosas no pueden servir de excusa para no cumplir la normativa vigente (aunque sea la emanada de un consejo escolar), el testigo no ha tardado en ser recogido y los argumentos, repetidos: La niña no puede llevar el pañuelo porque las normas que nosotros nos hemos dado a nosotros mismos así lo contemplan (y doña Esperanza es jaleada por los mismos que, cuando de los políticos socialistas se trata, tanto interés ponen en defender el derecho a la objeción de conciencia, se supone que sin darse cuenta de hasta qué punto, ahora, se están pillando los dedos).

Pero, claro, si uno firma el pacto faústico ofrecido -como quien no quiere la cosa- por la presidenta de Madrid y el argumento que uno emplea para que se prohiba un símbolo religioso que no le gusta es la supremacía inapelable de las leyes y normas civiles sobre la conciencia individual, la resistencia a la llamada "ley de libertad religiosa" (o cualquier otra ley) que prepara el gobierno socialista ya ha quedado desactivada incluso antes de comenzar la refriega. Ninguna legitimidad (y así se lo recordarán puntualmente los socialistas) tendrán los que ahora se refugian en este argumento para protestar luego cuando el gobierno del malvado Zapatero diga exactamente lo mismo que dice ahora Esperanza Aguirre: que las leyes y normas vigentes son las mismas para todos y que nadie puede apelar a la conciencia individual para no cumplirlas.

De hecho, como es habitual, se presenta a los malvados socialistas como padres de una idea (la eliminación de símbolos religiosos) que ya viene siendo aplicada (como orgullosamente recuerda doña Esperanza) por el PP desde hace tiempo allí donde gobierna. Es más, los peperos (como siempre ocurre) acaban yendo mucho más lejos que los socialistas: al fin y al cabo, éstos hablan únicamente de prohibir símbolos religiosos en los llamados "espacios públicos", pero no el uso individual de los mismos. En cambio, los peperos (aplaudidos por los que claman "¡persecución anticristiana!" cuando de los socialistas se trata) presumen incluso de prohibir el uso individual de símbolos religiosos si así lo decide el consejo escolar (y, a tenor de esto, ¿quién es el "mal menor"?).

Porque la lógica de doña Esperanza es muy sencilla de entender: si el consejo escolar decide prohibir los collares y colgantes, nadie podrá entrar al colegio con una medalla de la Virgen de Fátima o un crucifijo colgado del cuello. ¿Capisce?.

Así que ya saben: huyan como la peste de los malvados sociatas que quieren quitar los crucifijos de las paredes de los ministerios (si es que queda alguno) y prohibir los belenes en los vestíbulos de los colegios y échense en brazos de los que, no sólo harán todo eso llegado el momento, sino que, además, le prohibirán (ya lo hacen, de hecho) a usted y a sus hijos llevar una cruz al cuello si así lo decide un órgano asambleario escolar.

Y ahora llámenlo, si quieren, "proyecto ideológico de Zapatero".

PS: Diga algo, don Benigno. Y usted, señor arzobispo, no se esconda, que le veo.
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