jueves, 4 de agosto de 2011

Atado y bien atado.

Una de los reproches que los liberales (ésos que siempre hablan de "no imponer, sino proponer") hacen a todo el que no comparte su optimismo ciego cuando ellos consideran obligatorio el practicarlo, es la de "catastrofista".

La mente de un liberal funciona de tal guisa que, si el querido líder (sea un periodista o un político, o los dos) le mete en la cabeza que, tirándose de un quinto piso, llegará al suelo, no ya sano y salvo, sino además de pie, y saludando al tendido, rechazará como "catastrofistas" todas las advertencias sobre el más que previsible desenlace. Cuando el liberal llega al suelo, y comprueba que, bajo los adoquines, no hay ninguna playa, y, además, se rompe todos los huesos del cuerpo (al fin y al cabo, cómo iba a saberlo si durante cuatro pisos de caída no le pasó nada), seguirá erre que erre, y acusará al rival político (derecha o izquierda, según los gustos de cada uno) de haber manipulado momentáneamente las leyes de la física para perjudicarle a mala leche (al fin y al cabo, el liberal nos recalcará siempre que, dado que él se tiró desde la azotea con la loabilísima intención de salir ileso del lance, la culpa de lo que le ha ocurrido, por fuerza, debe ser de otro).

Sin embargo, y paradójicamente, los mismos liberales que tildan de "catastrofistas" (o "profetas de desgracias", que se me olvidaba) a los que no comparten su visión del mundo cuando se colocan las lentes de color de rosa (ejemplo: los fachas y carcas que, hace ya más de tres décadas, advertían de que ese invento llamado "estado de las autonomías" no era más que un inmenso latrocinio institucionalizado) tienen luego la costumbre de, sin ninguna prueba o razonamiento que lo sustente (salvo su voluntarismo) de pronosticar el fin del mundo con una frecuencia cada vez mayor.

Y esto, queridos (o no) lectores de esta bitácora, se hace sencillamente con el propósito (aunque a veces no todos los pregoneros sean conscientes de ello) de inducir en el oyente el miedo que lo convierta en marioneta de los telepredicadores del laicismo (ya sea la versión "agresiva" o la "positiva" del mismo, que tanto da). Que no deja también de tener su aquél que los mismos que tanto abusan de palabras como "nuevo" o "revolucionario" (y no son los rojos los que más las usan, créanme), no tengan otro arma que uno de los trucos más viejos del mundo:

"El mundo se acaba, pero aún estamos a tiempo de evitarlo, siempre y cuando hagas todo lo que yo te diga".

Y "lo que yo te diga" pueden ser muchas cosas, pero en ningún caso, algo beneficioso para el receptor del mensaje apocalíptico de los que, cinco minutos antes, recalcaban la importancia de (por ejemplo) "ser positivos" (es increíble lo "positivos" que pueden llegar a ser los tertulianos de los medios peperos cuando hablan de Zapatero o de Rubalcaba, ¿verdad?).

Ejemplo palmario es el de la campaña de eso que primero se llamó "calentamiento global" y luego se rebautizó como "cambio climático" (como si el clima en Julio y Diciembre hubiese sido el mismo hasta hace diez años). El mundo entero (porque sí) iba a hundirse bajo las aguas del océano en menos tiempo del que Jordi Sevilla le explicaba las cosas de la economía al actual presidente del gobierno, pero de tan peliaguda cuestión dejó de hablarse una vez los gobiernos de las llamadas "democracias occidentales" lo aprovecharon como excusa para subir las tarifas de la luz, el gas y los impuestos a los combustibles derivados del petróleo. Y es que, para un político liberal, no hay apocalipsis que no pueda evitarse a tiempo con el dinero del contribuyente.

Otro ejemplo lo hemos visto hace unos días, en los Estados Unidos. Allí, como suele suceder en estos casos, ambos bandos estaban de acuerdo en lo esencial: había que arruinar a los estadounidenses. Como siempre, la discusión, el escándalo y el follón (con "findelmundo" incorporado, como debe ser) versaba sobre lo accesorio: sobre si la ruina del país debía ser llevada a cabo de forma rápida (como quieren los del elefante), o a velocidad de vértigo (como pretenden los del burro). Al final, y como es ya tradición (otra paradoja del liberalismo), 2+2 no fueron ni 5, ni 7, sino 6. Y todos los pregoneros anunciando la buena nueva a los expoliados, que los ladrones ya han consensuado cuánto les van a robar, y albricias y felicitaciones, que el bendito consenso de los mafiosos ha evitado que acabásemos saltando por los aires como el planeta Krypton.

Pero, en este momento, el findelmundo que más de cerca nos ha pillado a los españoles es el baile (dos pasitos palante, un pasito patrás, y repítase las veces que sean necesarias hasta llegar al destino deseado) que se está escenificando en los medios de comunicación y que tiene, como protagonista, el cada vez más elevado interés al que al gobiernodespaña le prestan dinero para sufragar los gastos (muchos de ellos superfluos e innecesarios) de la administración de la res publica.

Esta última semana, al lado de la letra gorda destinada a aconejar al personal, se deslizaba, como quien no quería la cosa, la verdadera noticia (una posibilidad, por supuesto, descartada por el momento): el llamado "rescatedespaña", que incluirá (entre otras cosas), bajadas de salarios (empezando por los empleados públicos), recorte de pensiones y de prestaciones sociales, venta (a precio de saldo, como le sucede a cualquier moroso) de una parte nada desdeñable del patrimonio público (sobre todo, de lo que todavía sea rentable para el Estado) y subidas de impuestos (especialmente de los indirectos).

Y, como ya hemos visto, para presentar semejante canallada como un salvavidas, primero es necesario que nos tiren al mar con los bolsillos cargados de piedras (algo que ya ocurrió hace más de tres décadas) y que, ahora, los pregoneros nos recuerden que la muerte por ahogamiento y/o hipotermia es ya, inminente. Así, en lugar de cabrearnos con los que nos tiraron por la borda, sonreiremos aliviados cuando nos echen una cuerda con la que sacarnos del agua (eso sí, con la obligación de trabajar toda la vida - los intereses de la deuda pública se pagan recaudando más impuestos- para agradecer semejante favor).

Y es que así funciona la maquinaria de una democracia liberal: cuando te dicen que todo está "atado y bien atado", lo que hay es río revuelto para ganancia de pescadores (y el que lo niegue, es un "catastrofista"). Y, cuando te asustan (cada tres meses, más o menos) con la incertidumbre de un futuro apocalíptico, lo que hay es ya un plan perfectamente trazado y delineado (el "rescate" no está "encima de la mesa" porque ya lo ha estado hace tiempo) que necesita del miedo para que las masas puedan llegar al estado mental necesario e imprescindible para tolerar el ser gobernado por un régimen liberal, y que no es otro que uno de sobra conocido por todos:

J**idos, pero contentos.

PS: Porque, además, una vez consumado el plan, tocará -que para eso ya habremos ganado las elecciones- ser optimistas, positivos, mirar hacia el futuro con esperanza (no va con doble sentido) y cosas así.

1 comentario:

Gonzalo dijo...

Si sólo fuera jodidos pero contentos...

Jodidos pero encantados de pagar la cama (y todo lo demás)