lunes, 21 de junio de 2010

Juegos de niños.

Las conversaciones cotidianas han tomado, de pronto, y en un lapso relativamente breve de tiempo, un giro de lo más llamativo. El asunto se venía percibiendo como una especie de ruidito de fondo que, por ser continuo e ininterrumpido, te hace olvidar en qué momento comenzó. Sin embargo (al menos en mi entorno, tanto personal como profesional), la cosa se ha desmadrado desde que el presidente del gobierno anunciase las reducciones de salarios y la congelación de las pensiones.

Cuando era niño, como no había videojuegos, nos dedicábamos a hacer una cosa llamada "jugar" en un lugar llamado "la calle" durante un período de tiempo de duración variable (según el clima, época del año, hora de puesta de sol, etc.) llamado "después de hacer los deberes". Y una de las cosas a las que jugábamos era a imitar o fingir ser los personajes de las series y películas de televisión que más nos gustaban ("¡puños fuera!" y todo eso...).

Desde que José Luis Rodríguez Zapatero es presidente del gobierno, he venido observando que los mayores hacen lo mismo que hacíamos nosotros de niños: imitan lo que ven y oyen por la tele. Lo han hecho desde siempre, probablemente, pero creo que estos últimos años con mayor intensidad. Antes de que Zapatero fuese candidato a la presidencia del gobierno, no había escuchado a nadie utilizar la palabra "talante". Tampoco recuerdo que casi nadie utilizase la palabra "consenso" antes de que el leonés nacido en Valladolid (¿es que los de Bilbao van a ser los únicos que nacen donde les da la gana?) durmiese en el Palacio de la Moncloa. De pronto, en mi trabajo se dejó de hablar de cosas como "solucionar problemas" (que es una americanada imperialista y estresante) para hablar de "consensuar líneas de actuación" o "alcanzar acuerdos" -por ejemplo-, que suena mucho más socialdemócrata y europeísta. Lo importante ya no era arreglar nada, sino que todos hiciésemos lo mismo -como buenos borregos postmodernos- para que así nadie tuviese que asumir responsabilidad alguna si las cosas se torcían.

Con esa especie de colección de consignas llamada "progresismo" (a la que algunos supuestos críticos hacen el gran favor de elevar de categoría al presentarla como una ideología) ha ocurrido lo mismo también: igual que, para creernos más de lo que éramos o evadirnos momentáneamente de la realidad que nos rodeaba, de niños jugábamos a ser enormes robots o indios a caballo y hablábamos y nos comportábamos como los personajes imaginarios que queríamos ser, los mayores han estado jugando, durante las últimas décadas, a ser "modernos" y "guays" y a "no estar anclados en el pasado" imitando a los bufones que salían por la tele con gesto solemne y cara de saber mucho (bueno, ahora la cara de saber mucho ya ni siquiera es imprescindible).

¿Por qué les cuento todo esto? Pues porque, de pronto, en cuanto a la gente le han tocado el bolsillo más de lo habitual (primero con la depreciación de su inmueble y luego con la reducción de su salario y la incertidumbre de llegar a cobrar pensión alguna, si es que alguna vez llegan a jubilarse) su vocabulario ha cambiado. Casi me llevo más de un pequeño soponcio al escuchar a incondicionales de la jerga del "united progres of benetton" ("magrebíes, blablablaba, subsaharianos, blablablabla, latinoamericanos, blablabla") hablar (y con gesto arisco y cabreado) de "moros, negros y sudacas". De los gitanos (hasta hace dos días, "romaníes" para alguno), ni les cuento. Y de los "gueis" u "homosexuales" para qué vamos a hablar: "maricones" y a tomar por el gerundio, que ya está bien de tonterías.

Las consignas y la jerga progredemocrática han sido, además, el equivalente, en el plano del todo a cien intelectual, a los créditos bancarios. Si estos últimos han permitido a gente que no tenía dinero vivir como si lo tuviesen y aparentar ser lo que nunca fueron, la jerga y las consignas progres han sido lo que ha servido a millones de personas que no eran más que analfabetos funcionales intentar disfrazarse de intelectual y de sabio (o así lo creían ellos). El "pida un crédito y será rico" ha encontrado su homónimo en "habla así, y repite estas frases, aunque no tengas ni idea de lo que significan o te parezcan absurdas -porque lo son-, y serás culto e inteligente" (libros de Saramago o Benedetti bajo el brazo opcionales).

Si de niños creíamos que imitando los ademanes de nuestros admirados y televisivos héroes (alguno llegó demasiado lejos, por lo que contaron en las noticias, e intentó zamparse un ratón, tal y como había visto hacer en una serie de extraterrestres reptilianos) adquiriríamos sus cualidades, los mayores creyeron que, repitiendo las tontunas y bobadas de políticos y famosetes se volverían más guapos, más ricos y más listos; en su subconsciente evitarían así, además, ser como los penosos personajes acosarrubias de las películas de Landa y Ozores y se transformarían en altos, gallardos y apolíneos ejemplares de homo economicus championsligae, tal y como esos bronceados escandinavos a los que tanto envidiaban.

Y, claro, ahora que ven que eso no funciona, reniegan de todos los dogmas de la difusa y confusa pseudorreligión pagana que adoptaron como máscara de modernidad y cosmopolitismo ante los vecinos, amigos y compañeros de trabajo (pseudorreligión que nunca ha consistido en otra cosa que en sostener, en casi todo, la opinión contraria a la que era mayoritaria cuando nuestros abuelos eran jóvenes; es decir: lo opuesto a lo que dicta el sentido común).

Porque, además, se empiezan a dar cuenta de que, durante estos últimos 35 años, mientras ellos jugaban en la calle (y sin tener que hacer deberes después de clase, porque en este juego sólo tenían derechos) a ser modernos, uropeos, demócratas, concienciados y solidarios, los carteristas que les enseñaron el juego para tenerlos distraídos, les han estado vaciando los bolsillos.

1 comentario:

Fray_Fanatic dijo...

Muy certera esta entrada. Retrata y explica a la perfección -sin disculparlo- el comportamiento colectivamente irresponsable, estúpido y casi suicida de la generación que nos precede.

De todas formas, me sigues pareciendo un optimista antropológico. Que con la que está cayendo todavía ZP pueda sacar ocho millones de votos es como para pensarse muy en serio si realmente están "viendo que eso no funciona" como tú dices.

Un abrazo