viernes, 26 de noviembre de 2010

El soplamocos invisible y la carne de cañón.

Sabido es de sobra que una de las muchas aficiones de los liberales es descubrir el Mediterráneo un par de veces a la semana, y anunciar a voz en grito, siempre que se puede, y como si fuese un novedoso hallazgo, que el Pisuerga pasa por Valladolid. Esta costumbre liberal de enumerar como novedosas (y descubiertas por uno mismo, qué se piensan ustedes) las cosas que se han sabido de toda la vida tiene un ejemplo muy conocido en la expresión "mano invisible del mercado".

Lo cierto es que "el mercado", o "los mercados", de siempre, han tenido eso que se conoce como "mano invisible". El problema viene cuando se añade otro rasgo concomitante del liberalismo: el tomar como sinónimos términos que no lo son.

A veces esos términos que se toman como sinónimos son palabras que se escriben y se pronuncian de forma muy parecida. Gracias a Don Manuel Morillo aprendió el que escribe que dichas palabras se llaman "homófonas". Prueben ustedes a argumentar sobre el liberalismo con un liberal, y el liberal no mencionará el liberalismo por ninguna parte, sino que se pondrá, como gato panza arriba, a defender la libertad, intentando dar queso dialéctico (y de Cabrales) a su interlocutor, como quien no quiere la cosa.

Pero en otras ocasiones el liberal toma, como sinónimos, términos que no lo son al asumir que el hecho de poseer una determinada característica implica, necesariamente, poseer otras, en un salto (al vacío, y sin paracaídas) algo alocado de libre asociación de ideas.

El liberal, o el que pasajeramente juega a serlo porque cree que se beneficiará del invento, asume que el hecho (conocido antes incluso de la ceremonia de colocación de la primera piedra de la pirámide de Keops) de que la mano del mercado sea invisible, significa que esa mano es neutral, independiente, justa y equitativa. Además, la lógica liberal se torna urobórica al identificar "justicia" y "equidad" con el resultado -cualquiera que fuese- del funcionamiento del mercado.

Y lo curioso es que, todo el mundo lo "sabe" (o lo sospecha al menos), la mano del mercado será todo lo invisible que se quiera, pero no por eso deja de tener hilos de los que se tira a conveniencia en un sentido o en otro.

Recurriendo al ejemplo paradigmático del españolito medio de comienzos del Siglo XXI (¡cómo vamos a equivocarnos nosotros, que vivimos en pleno Siglo XXI!), y tal y como decíamos ayer, comprobamos cómo ahora surgen, de hasta debajo del más pequeño matorral, defensores de la limitación de la capacidad de actuación de la famosa mano invisible.

Entre éstos hay no pocos (pero, una vez más, son la excepción más que la regla) que ya defendían tal tesis en los días de mucho que también fueron vísperas de nada (y ojalá hubiesen sido vísperas de nada, puesto que han demostrado ser más bien vísperas de números rojos, que es aún peor). Sin embargo, y comprobando el panorama cotidiano, muchos de los que ahora claman por tal limitación de movimientos de la famosa mano invisible, o más bien de los hilos que la mueven (porque han vuelto, después de un tiempo, a caer en la cuenta de que dicha mano es un marmotreto inerte movido por otros) eran, hasta hace nada, ardientes (y hasta feroces) partidarios del presunto dogma de fe según el cual dicha mano invisible debía ser dejada a su antojo, y a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga, que ancha es Castilla, y (como finalmente ha resultado ser) por ahí me las den todas.

Pero, claro, eso era cuando la Muy Austríaca Cofradía de Guardianes de la Mano Invisible pensaba que dicha mano les iba a hacer mimitos y caricias, y (gracias a la reventa de sus contratos de esclavitud) a sacar de una chistera (invisible también, que para eso somos inteletuales) maletines llenos de billetes de 500 euros para el niño y la niña.

Sin embargo, la famosa mano invisible, manejada convenientemente, no les ha hecho mimitos ni caricias, sino que les ha soltado un bofetón de padre y muy señor mío, que les ha dejado enrojecidas, no las mejillas (ojalá), sino las cifras de sus cuentas corrientes para una o dos décadas (y les resumo, en una sola frase, los quejidos lastimeros de los otrora hayekianos y ahora neocontroladores ventajistas, mientras son inexorablemente transportados por el barquero Caronte del Interéscompuesto hacia el Hades Financiero: "Que otros se hagan cargo de mis pufos, por favor").

Los mismos que consideraban intocables las leyes (¿leyes?) "delaofertaylademanda" consideran ahora una enorme injusticia que no haya demanda para su oferta (y, ojo, no la hay porque la coca crediticia se ha acabado, que si volviera a fluir su suministro, correrían a comprarle - a crédito, claro- más dosis al camello bancario del que ahora reniegan). Y los que antes tenían por blasfemo al que hablase de límites de beneficios o de control de precios, se acuerdan de algo llamado "función social de la banca" (expresión que, vuelvo a repetir, para los fallidos imitadores de Rinconete y Cortadillo, no significa otra cosa que exigir que su prójimo se haga cargo de las consecuencias de su errada "inversión").

Y, ahora que la inmensa deuda contraída por los políticos a nuestro nombre (cuando ya nos han robado todo lo que podían, han corrido a robar -legalmente, pero a robar- a nuestros hijos y a nuestros nietos aún por nacer mediante ese endemoniado invento llamado "deuda pública") exige, para ser devuelta, que se desmonte todo el "estado de bienestar" existente hasta ahora, no me digan que no demuestra su utilidad toda esa ideología conocida como "liberalismo austríaco", que no es otra cosa que la versión engolada e intelectualoide del famoso refrán castellano "Que cada palo aguante su vela".

Porque resulta que son los mismos cincuentones y sesentones que se han beneficiado del famoso "estado de bienestar", con sus pensiones (para ellos sí habrá), sus prejubilaciones (para ellos sí ha habido), sus indemnizaciones por despido (ellos sí se las llevaron, y se las llevan, y bien jugosas) y sus subsidios de desempleo ( y todo pagado por la generación de sus hijos, ríanse ustedes del dios Cronos), los que nos quieren vender que, en el futuro, el no disfrutar de estos beneficios será lo más de lo más.

Y para eso están don Fedeguico y doña Esperanza, como puntas de lanza de la campaña publicitaria destinada a vendernos la burra vienesa, para que la generación que ya se conoce como "perdida", y que se pasará la vida trabajando para el banco (y los suertudos, conservarán el piso; los demás, ni eso) se conforme con un cuenco de arroz y un cigarrillo a cambio de deslomarse de sol a sol ("Son la leyes invisibles del mercado, chaval; pero ya irás subiendo, ya...").

Así que ya tenemos por ahí, danzando, a una serie de jovenzuelos inframileuristas (pero trajeados como grandes ejecutivos), que no sólo son víctimas de la Logse, sino también de Logsantos (fatal combinación). Y que, como me señala un amigo (virtual, por ahora), creen que hablar como Rockefeller les convertirá (mágicamente, así es nuestra querida y venerada mano invisible del mercado) en Rockefeller.

A esta carne de cañón (quienes, en muchos casos, trabajan con contratos de becario, a pesar de imitar el aspecto y los ademanes de Gordon Gekko) se les reconoce enseguida porque de trabajar (o sea, de economía real y productiva) no hablan nunca, pero la bolsa, las acciones, el ibekstreintaycinco, de Mario Conde ("¿Lo viste ayer en el gato? ¡Qué tío más grande!"), y el dauyons (o sea, la "economía especulativa", que es el nombre fino de "ganar dinero sin trabajar, a costa del esfuerzo de otros") no se les caen de la boca. Llevan un euro en el bolsillo (el que les dio su madre al salir de casa para que pudieran tomarse el café), pero hablan como millonarios (lo mismo que los argentinos de los chistes, pero con acento de Madrid).

Y así andan, tan felices de la vida, a unas edades a las que su padre (y no digamos, su abuelo) ya mantenía a una familia de cuatro o cinco churumbeles con un solo sueldo (porque entonces la gente era pobre, no como ahora). Y convencidos de que son unos triunfadores (seguros como están de que a ellos les tocará algún día disfrutar de esos beneficios sin límite a costa de que otros trabajen para ellos por cuatro duros), mientras el fracasado de papá, que no sabe nada de bolsa, ni de acciones, y no conoce otro Hayek que doña Salma, les sigue pagando techo y comida, a pesar de que ya no cumplirán los treinta.

Eso sí, no faltarán en sus conversaciones (como en las de todo millonario imaginario que se precie), referencias a cómo los políticos y los gurúes mediáticos de la izquierda les lavan el coco a sus fieles, para convencerles de que se resignen a sueldos de miseria (como los suyos), y hasta se consideren afortunados de no estar peor (como en su caso), mientras unos pocos se lo llevan crudo (como sus jefes).

Y qué suerte tienen ellos de ser más listos, porque su situación es taaan distinta (en su imaginación) de la de esos ignorantes votantes de la izquierda...Y su traje y su corbata son taaan distintos (en apariencia) de esos monos verdes que vestían los chinos durante la revolución cultural de Mao...

Espera un momento...

4 comentarios:

Ignacio dijo...

Gracias por la referencia.

Anónimo dijo...

¿tú crees que los cincuentones vamos a cobrar pensión de jubilación? pues yo, al contrario que otros, te veo demasiado optimista. Un poco más y te haces liberal, vaya, pintándolo todo tan bien así alegremente.

Anónimo dijo...

Nathanbforrest

Esto mismo que acabas de decir lo he hablado muchas veces con un amigo, es fruto del pensamiento de raíz calvinista que se resume en que ricos y pobres piensan distinto y esa es la causa de la miseria de estos últimos, ergo piensa como un rico(Bolsa, Hedge Funds...) y acabarás siendo rico. Que peligrosa es la ignorancia

Fray_Fanatic dijo...

Me alegra haberme equivocado: No hemos caído hoy -ayer, ya- en el abismo. Pero tú y yo sabemos que vamos por ese camino...