sábado, 12 de diciembre de 2009

Los kamikazes

Doña Michelle Bachmann es congresista por el 6º distrito de Minnesota (que no sé por dónde cae exactamente, pero que suena muy bien) y pertenece al partido republicano. Sin que yo sea fan precisamente de este partido, doña Michelle es tratada por los progres de izquierda norteamericanos con la punta del pie, lo cual, como mínimo, es prueba fehaciente de que es una señora inteligente y valiente (llama la atención lo pronto que se olvidan, cuando les conviene, los progres de los topicazos que utilizan como cortina de humo cuando critica a las pajines y a las aídos de turno: "machismo", "intolerancia", etc.).

En una entrevista al periódico Minnesota Post (a la que he llegado a través del blog Left Coast Rebel), doña Michelle hace una revelación que, aunque sospechada, me parece importantísima:

"Poco después de ser elegido, El Presidente [Obama, claro. ¿Es que ha habido o habrá otro, acaso?] se presentó en una reunión privada y a puerta cerrada en el sótano del edificio del Capitolio para conocer a los congresistas republicanos. Es la única vez que ha hecho algo así. Durante el transcurso de la hora que estuvo con nosotro, y en respuesta a una pregunta, el presidente nos dijo que prefería ser un presidente de un solo mandato que llevase a cabo su programa, antes que un presidente reelegido que no lo hiciera. Creo que reconoció que habrá un precio político muy alto que pagar [por la reforma sanitaria], pero creo que no le importa. Esto [la reforma sanitaria] significará que el gobierno controlará el 18% de nuestra economía".

La crisis está siendo aprovechada por los bomberos pirómanos de turno para tres cosas, esencialmente:

- Para repartirse el dinero del contribuyente con los amigos en cantidades nunca vistas ni oídas anteriormente (el latrocinio y el expolio, además, se hace con luz y taquígrafos -que es como mejor se disimula- mediante los llamados "planes de estímulo económico").

- Recortar los derechos de los expoliados (tirando, de paso, el hueso de "nuevos derechos" para despistar).

- Imponer oficialmente una ideología perfectamente reconocible mediante leyes que ellos llaman de "no-discriminación" (que pronto tendremos en Europa y ya son oficiales en Estados Unidos) y que no son otra cosa que la tipificación como delitos (o agravantes del delito) de opiniones contrarias a la ideología que se quiere imponer (por ejemplo: que la homosexualidad es una enfermedad que, además, se puede curar). Todo ello, como siempre, en nombre de la libertad.

El plan y el cambio (por cierto: ¿verdad que ahora se entiende que lleven tanto tiempo intentando condicionarnos a todos de manera pavloviana para creer que "cambio" es sinónimo de "mejora"? Así se acepta mejor que te pongan mordaza, cadenas y que te quiten la cartera - "si es un cambio, tiene que ser bueno") son de tal magnitud y se están desarrollando a tal velocidad que, para aquéllos que lo están llevando a cabo desde las jefaturas de gobierno de sus países, ser reelegidos para el cargo ha quedado en un completo segundo plano, y, además, se ha vuelto casi imposible. Pero el "cambio" es mucho más importante que los peones que se sacrifican para llevarlo a cabo.

Como revela la congresista Bachmann, en esa especie de "pentecostés obamita" ("Estábamos los republicanos escondidos en el sótano por miedo a los demócratas, cuando de pronto, se nos apareció El Presidente"), Barack Obama sabe perfectamente que el haber repartido el dinero de los norteamericanos (y el de sus hijos y sus nietos, ya de paso) entre sus amiguetes ("planes de rescate"...de los colegas), arruinando el país y llevándolo, aún más rápido si cabe, a la bancarrota (o casi), o haber cubierto las pérdidas de las empresas a las que él mismo acusa (con todo el cinismo del mundo) de ser las culpables de la crisis (y generosas contribuyentes a su campaña electoral) con el dinero de los contribuyentes, o hacer del gobierno el dueño y señor del 20% de la economía norteamericana ("reforma sanitaria") no le va a salir gratis a su partido. Ni a él, que ha registrado la pérdida de popularidad más acusada y acelerada que se recuerda en mucho tiempo.

El partido demócrata ya se ha llevado un serio correctivo en las elecciones municipales este año, perdiendo todo lo que podía perder, y más (gobernadores de Nueva Jersey y Virginia). Y el año que viene, seguramente, el varapalo en las elecciones de congresistas y senadores será monumental. Pero, para entonces, Obama, contrarreloj, ya habrá aprobado casi todas (o todas) las leyes que van a dejar a Estados Unidos convertida, de la noche a la mañana, en otra socialdemocracia más.

¿Y qué ocurrirá después? Pues, seguramente, lo mismo que ocurrió cuando los republicanos, después de 40 años, volvieron a ser mayoría en el Congreso y en el Senado en 1994: que harán una política muy parecida a los demócratas (el gasto público, del que tanto reniegan los republicanos, se disparó durante los años de mayoría de este partido en las cámaras legislativas). ¿Y qué pasará cuando Obama se vaya en 2012? Pues que el que venga después no tocará nada de lo que ha hecho (igual que George W. Bush no tocó prácticamente nada de lo hecho por Bill Clinton).

Porque lo importante no es que se aprueben las leyes. Lo importante es asegurarse que los que aprueban las leyes son sustituidos por otros que las dejarán como están. El perro sigue siendo el mismo y mordiendo igual, pero cambiar el collar rojo por otro azul celeste (como ocurre en España), de cuando en cuando, ayuda a mantener la ficción de que los esclavos son libres.

¿Y en España? Pues, ¿acaso no nos gobernó Aznar -ese gran héroe que aún provoca el delirio entre las filas centrorreformistas- con las mismas leyes que el malvadísimo Felipe González, sin derogar una sola?.

Obama, Zapatero, Gordon Brown (el partido laborista británico, que ya sufrió una derrota histórica en las europeas del 2009 y quedará relegado al tercero o cuarto lugar en el Parlamento Británico, será, quizás, el gran pagano de la instauración acelerada del llamado Nuevo Orden Mundial) se retirarán a descansar tras haber cumplido su misión (que algunos lo están deseando; si no me creen, miren las perpetuas ojeras y la cada vez más llamativa chepa del presidente del gobierno español).

Al igual que en el ajedrez, los peones suelen desaparecer, ya cumplida su función de abrir camino, del tablero cuando la partida está avanzada. Y, al igual que de nada hubiese servido avisar a un kamikaze japonés de que su avión se iba a destrozar si lo estrellaba contra un portaaviones enemigo, de nada sirve "amenazar" con "calvarios electorales" a los que no les importa no ser reelegidos.

Es por ello que el "sistema" (como lo llama D. Manuel Morillo), suele tener preparados, con la suficiente antelación, los medios para dirigir la inevitable y justificada indignación de los expoliados y sometidos hacia los peones, a los que se elimina, para luego encauzarla (y esto es lo realmente importante) debidamente, asegurándose de que los indignados eligen, de motu proprio, a los (con razón llamados) "conservadores" (de lo hecho por los "progresistas").

PS: Empecé a vislumbrar que Obama, al fin y al cabo, nunca ha sido más que una moda pasajera de la que ya empiezan a hartarse incluso sus consumidores cuando ví que el mayor fan de Obama -y había muchos- entre mis compañeros de trabajo había sido, pocos meses antes, y con el mismo y pasajero entusiasmo, el mayor admirador de Rodolfo Chiquilicuatre. La clave del asunto, como en el caso del último representante de España en el concurso de eurovisión, fue conseguir que la breve fascinación hacia el votado alcanzase su punto máximo durante la campaña y las votaciones, antes de que se diluyese por hartazgo. Votar a Obama (y embelesarse con él), en su momento, fue una forma como otra cualquiera de demostrar que uno estaba a la última y era tan "moderno" (o sea, tan tontaina) como el que más.

4 comentarios:

Ignacio dijo...

Es muy buen post

Museros dijo...

Gracias.

Embajador en el Infierno dijo...

¿No fue Balmes el que dijo aquello de conservadores: conservadores de la revolución?. Pues eso.

Anónimo dijo...

Pues sí, Embajador.

Diga lo que diga Russell Kirk en sus libros sobre qué es y qué no es "ser conservador", la realidad siempre ha sido la que Balmes señaló con esa frase.